lunes, 24 de octubre de 2016

Mes once después de ti - Ernesto Pérez Vallejo

No es que yo necesite estar a toda costa con cierta persona. He aprendido en este tiempo que el amor está hecho de estados, de lo que otra persona consigue activar en ti. No te enamoras de una mujer, lo haces de ti mismo pero ese amor propio solo lo consigues con ella. Cierta persona me hacía feliz y yo amaba a cierta persona por la felicidad en la que me hallaba. Pero si ella viniera ahora ya jamás llegaríamos de nuevo a ese estado. Habría un muro de reproches demasiado grande como para poder saltarlo a base de sonrisas y cosquillas por dentro de la piel.

Me ha costado once meses averiguar que cierta persona no se fue por falta de amor hacía mí, lo hizo porque tal y como debe ser, sé amaba a ella por encima de lo nuestro y seguramente, en alguna casilla bastante más avanzada de donde me encontraba yo, ella también se sentía sola. Cierto que tras su marcha, hubiera corrido por el tablero hasta dar con ella y de un abrazo interminable conseguir avanzar hasta ponerle fecha a una boda. Cierto es, que cuando te das cuenta de que tu felicidad se ha ido a la mierda echas de menos los dados y pides un nuevo lanzamiento como quien pide disculpas con lluvia en el pecho. Cierto es, que en el momento del abandono, la meta te parece el mejor lugar del mundo, porque el mundo, el de verdad, era el que a cierta persona le bailaba en la mano y en la risa.

Con ella yo nunca me sentí solo y era bastante feliz y eso es lo que echo de menos, ese estado. Esa sensación de tener relámpagos en los bolsillos, música en las vértebras, posdatas de amor entre los labios. Esa bendita magia de sonreír sin motivo y de motivar sus sonrisas. Esa impresión de vivir en un continuo orgasmo. Aunque suene egoísta, sigo completamente enamorado del hombre que conseguí ser con cierta persona. A ella, como ya he dicho, ya ni siquiera la espero, ya ni siquiera la odio.

Fuente: De Laura y otras muertes